lunes, 16 de abril de 2018

Escena. Tarde de Feria

Y te hablé de la luz y del albero.
Y tantas tardes te decía que el aire de aquí
embriaga por las noches y confunde.

Aún así, ya todo claro,
el rubor de la distancia detenido como un grito
y un veloz aprendizaje de los tonos de la vida.

Tú, un pintor, óxido en paleta e inconteniblemente asombrado
por lo encontrado al fin, por la obra grandiosa de sus manos toscas,
hiciste de este traje una nostalgia futura de volantes.
Y el giro rápido, una mirada secreta mientras otros parlotean,
los dos diciendo con los ojos mientras sonreímos al frívolo interlocutor.

La verdad en una tarde, esta soledad tan limpia entre el gentío,
soledad nuestra entre lo público, lo inmenso, soledad
tranquila de tenernos, movidos por el aire
con la certeza de la vida.

viernes, 2 de marzo de 2018

Poema de Cuaresma

A A.P.F.

Aún hay sillas que se cierran con fervor inesperado
cuando la charla inane se deslee en este agua de gentío.
El sonido ajeno, una amargura sola que pretende
en blanco sudor no recordar un momento sólo; 
más que andando, más que siempre la noticia 
de otro año en esta tierra no tan leve, no tan ancha.

¡Cuidado! Aún hay flores que renacen
en los rincones más oscuros. Las hay que dan vida sin vida
a este hogar de la primavera. Interrupción del alma
en una calle. El cuerpo asiente meditante. Es un olor
de plaza joven y tranquila en el jolgorio. Un grito a veces.
El mar siempre tan lejos, y sin embargo. ¿Cuántas primaveras
recoge el azahar de un sol así dormido? Que despierte el paso,
ya llega. Silencio. La luna se asoma. Avisa, que viene. 

lunes, 26 de febrero de 2018

soy como marta sánchez pero en posmoderna

El lugar al que llamo España
morirá cuando regrese a él. El último día
de España cerraré con llave la puerta de mi casa
en este bosque de Reading  y me iré
a la física tierra del dracma antiguo y las pesetas;
triste memoria rota de mi país en el alma.
Al mar manchado de petróleo y a la luz tan escanciada
de la corrupción y las angustias. Allí también
el alquiler y la inquina, los trabajos nocturnos
y la infinita paciencia de las horas. La llegada con los libros
sin leer, ligándome a la vecina a cambio de sus apuntes. Los emails
pidiendo una extensión en la entrega. También serán allí,
en mi país ya roto por la experiencia. Quedará el sol
con su mentira redonda y limpia,
y aunque en flores se avecine el fruto del verano,
el Hexágono beberá latente de la muerte que sestea;
el azahar será marchito por un calor de vida que acongoja.
...
Yo recuerdo mis paseos de bicicleta en los jardines
con un libro corto de Manuel o de Alejandro en la mochila
para luego no sacarlo al ver al chico levantando el brazo con un gesto
que Diego de Silva, ya más tarde, crucificaría en otro sitio.
Las fronteras de este mar de primavera
son de un hierro forjado en flores y alientan el paso a los cuerpos dúctiles para que se derramen
por las fuentes agotadas tras la tapia del Alcázar. En ellas he guardado
la visión de la patria.
Pero aún tacharé todo y volveré a este poema 
cuando me llame el frío;
cuando la España que creé
supere a la de Dios con desmesura. 

sábado, 25 de noviembre de 2017

Margaret.

Y aún Margaret no sabía mucho acerca de la capacidad humana para el cambio. Tenía una estricta perspectiva de sí misma como una pre-diseñada mujer de mediana edad sin mayor ambición por ser otra cosa en su vida. Tenía borrosos recuerdos juveniles; apenas podía imaginarse de otra manera que sujetando persistentemente un bolso con una aburrida flor de tela por broche.

Estaba esperando en la parada del autobús ante una lluvia densa. Repetía este ritual de la espera todas las tardes de martes, ya que servía comida a los pobres a las ocho. «Pobre gente, qué malas decisiones ha tomado en la vida», solía decirse mientras les llenaba los platos con una sonrisa beatífica. El bus iba tarde. La garganta de Margaret empezaba a quejarse y su dueña la escuchaba con terror; pocas cosas tan horribles como pillar un resfriado.

El bus llegó tal así como la muerte y, feliz para siempre, Margaret pagó lo que, según  juzgaba ella, era un  escandalosamente caro billete («Siguen subiéndolo, ¿eh?», le soltó al impasible conductor mientras le deseaba los más terribles sufrimientos) y se sentó al final del todo. Entonces, con calma, eliminó el insoportable pensamiento repitiendo en su cabeza la alineación de los Lakers. Normalmente le llevaba unos dos minutos que disfrutaba con inmenso regocijo, y cada vez que había un nuevo fichaje lo trataba de memorizar con placer, tardando el mayor tiempo posible, hasta luego unirlo, en su debido lugar, a la lista de jugadores del equipo de Los Ángeles.

Después de la «cosa mía con los pobres estos», como ella solía llamarlo en la relativa intimidad de su cabeza, cogió el autobús de vuelta hasta llegar a casa. Su marido estaba preparando la cena y tenía la mesa puesta. Ella le dio un beso y él sonrió. Cenaron, se contaron el día: él le refirió una historia de un compañero que se iba a divorciar de su mujer, un asunto de cuernos, que Margaret escuchó con deleite. «Terrible, terrible» iba diciendo, masticando cada palabra. De vez en cuando preguntaba: cómo la había descubierto, quién era el otro, cuánto tiempo llevaban…Quería saber los detalles más escabrosos y así crear una imagen deliciosa en la que el placer y el deseo provocan el desastre mayor en un matrimonio de clase media que parecía funcionar a la perfección. «Estas parejas de hoy día…» terminó suspirando.

Su marido la miró, preguntándose cómo era posible que ellos no fueran una de esas ‘’parejas de hoy día’’. No quiso contradecir a su esposa, al fin y al cabo, daba un poco igual que fueran parejas de hoy día o de lo que quisiera ella, mientras estuvieran contentos. Y lo estaban, joder que si lo estaban. Los niños uno con trabajo y el otro con la universidad  ya terminada, y luego estaban Margaret y él que, a decir verdad, no les iba nada mal. Follaban, salían un día a la semana, ambos trabajaban y tenían más que suficiente para vivir… Parecía increíble, hoy día.
Cuando salió de esas ensoñaciones, Margaret había recogido la comida y estaba poniendo los platos en el lavavajillas. Le temblaban las manos. De pronto sentía una suerte de muro que la rodeaba. Respiró. Kobe Bryant, Derek Fisher, Rick Fox, Devean George, A. C. Green (las iniciales las decía ‘‘ei. si’’, que sonaba muy a inglés en su cabeza), Ron Harper, Robert Horry…


De pronto se le cayó un plato y su marido, amablemente, la ayudó a recogerlo. Milagrosamente, no se había roto. Él dijo: «Qué suerte» y luego se fueron a dormir.

jueves, 19 de octubre de 2017

it is ileventuentifai (Poem in English)

Thus machine brought thy joyful spirit;
thou wert not made, but rather, created.
With the veins of your hands designed to be pricked
and punched
and maybe overflown
the mirror of thy activity engendering thy selfe.

A bit forlorn, a much unrested,
amidst thy fear
thou wert infested (lol the silly rhyme is hence avoided)
It is not the synthetic tears (we must say colirio here allow my roots to grow)
of this tremens
or the beautiful rain that risks my life
and it is neither the resolution of my body
(always awakened and unready)
nor the the wrongful ways I tend to experience.

This verse aframed for it's lasciviuos
and God who rests and understands
(forgives but not forgets,
loves but set us free)
unconceivable conceits within my spirit
which is at same a body and soil to feed
the wonders of the souls who lost their hunger
and wander, far apart, as if they happened.

viernes, 5 de mayo de 2017

He decidido esconder mis poemas. Seguiré escribiendo hasta que estos sean buenos y, entonces, tal vez tampoco los suba a ningún lado.